NOSOTRAS, LAS LETRAS DE MECERREYES

Nosotros somos las primeras en saludar a los visitantes.

Mucho antes de que el visitante descubra las calles de piedra, las fachadas

centenarias o el silencio que baja desde los altos de la comarca, ya estamos aquí,

esperándolo.

No preguntamos quién llega.

Nunca lo hemos hecho.

Simplemente permanecemos visualmente a su disposición.

Somos nueve letras que un día dejaron de ser cemento, hierro y pigmento para

convertirse en memoria.

Porque los pueblos, cuando desean permanecer, necesitan aprender a escribir su

propio nombre.

Y nosotros somos precisamente eso: la forma en que Mecerreyes decidió

pronunciarse ante el mundo.

Muchos creen que nacimos cuando nos colocaron en esta plaza.

Se equivocan.

Nuestro verdadero nacimiento ocurrió mucho antes.

Comenzó cuando los primeros vecinos levantaron estas casas piedra sobre piedra,

cuando alguien abrió el primer camino por esta ladera que supera los mil metros de

altura, cuando las generaciones aprendieron a vivir mirando el horizonte mientras

las estaciones iban modelando lentamente el carácter de quienes habitaban estas

tierras.

Nosotras sólo llegamos después para decir en voz alta lo que ellos llevaban siglos

construyendo en silencio.

Desde aquí contemplamos cómo las casas parecen deslizarse suavemente por la

pendiente, como si la montaña hubiera querido depositarlas con delicadeza unas

junto a otras.No están alineadas. No buscan la perfección.

Cada una ocupa el lugar donde la vida encontró espacio para quedarse.

Tal vez por eso las calles suben y bajan sin pedir disculpas.

En Mecerreyes uno no sólo camina.

Aprende a ascender. Y también a descender con humildad.

Como ocurre en toda vida verdadera.

Muchos visitantes se detienen unos segundos frente a nosotras.

Algunos sonríen. Otros hacen una fotografía.

Hay quien continúa caminando sin preguntarse demasiado.

Pero también llegan quienes permanecen inmóviles durante un instante.

Son los que comprenden que un nombre nunca es únicamente un nombre.

Es una historia condensada. Una memoria pronunciable. Una forma de pertenecer.

Nos gusta observar lo que sucede después.

Los vemos recorrer las calles.

Descubrir las esculturas de Ángel Gil.

Al principio creen que están contemplando obras de arte.

Después comprenden que, en realidad, están conversando con ellas.

Porque esas esculturas no fueron creadas para imponer una interpretación.

Fueron creadas para despertar preguntas. Y eso las hace profundamente humanas.

Cada visitante encuentra una distinta.

Cada mirada descubre una historia diferente.

Cada silencio añade un significado que el escultor quizá nunca imaginó.

Así ocurre también con las personas.

Cada encuentro revela apenas una parte.

Las esculturas hablan del pasado.

Pero no viven en él. No son monumentos levantados para alimentar nostalgias.

Son raíces visibles.Nos recuerdan que un árbol sólo puede levantar su copa hacia el cielo cuando

acepta la profundidad de sus raíces.

Por eso representan a quienes trabajaron la tierra, cuidaron el ganado, caminaron

bajo la nieve, levantaron hogares, educaron hijos y aprendieron que la dignidad rara

vez hace ruido.

Aquí la historia nunca necesitó grandes héroes.

Le bastaron buenas personas.

Nosotras hemos visto pasar muchas generaciones.

Vimos salir a jóvenes con una pequeña maleta buscando un futuro lejos de estas

calles.

Muchos regresaron años después con el cabello blanco.

Traían los mismos ojos. Sólo que ahora miraban despacio.

Comprendieron demasiado tarde que la infancia nunca desaparece del todo.

Simplemente aprende a esconderse bajo las arrugas.

También hemos visto regresar a quienes pensaban que sólo volvían para pasar unos

días.

No sabían que uno nunca vuelve únicamente a un lugar.

Siempre vuelve a una parte de sí mismo.

El tiempo nos ha enseñado algo que pocas personas descubren.

Los pueblos no sobreviven gracias a sus edificios.

Ni siquiera gracias a sus monumentos.

Sobreviven porque alguien continúa pronunciando su nombre con cariño.

Mientras exista una persona que diga “soy de Mecerreyes” con una mezcla de

orgullo y ternura, nosotros seguiremos teniendo sentido.

Porque un pueblo comienza a desaparecer mucho antes de quedarse vacío.

Empieza a desaparecer cuando deja de ser recordado.

A veces, cuando cae la tarde y la plaza recupera ese silencio antiguo que sólo

conocen los pueblos pequeños, escuchamos las conversaciones de quienes se

sientan cerca de nosotros.

Hablan de hijos.

De cosechas.De enfermedades.

De proyectos.

De los que ya no están.

De los que quizá regresen.

Entonces comprendemos que las palabras cambian, pero las preocupaciones

humanas siguen siendo las mismas desde hace siglos.

Cambian los vehículos.

Cambian las herramientas.

Cambian las casas.

Pero el corazón continúa haciéndose exactamente las mismas preguntas.

¿Cómo vivir?

¿Cómo amar?

¿Cómo cuidar lo que importa?

¿Cómo dejar algo bueno cuando uno ya no esté?

Tal vez por eso estamos aquí.

No para indicar dónde empieza el pueblo.

Sino para recordar dónde puede empezar una conversación con uno mismo.

Porque quien entra en Mecerreyes creyendo que sólo visita un lugar quizá termine

descubriendo algo inesperado.

Que también está recorriendo su propia memoria.

Aunque nunca antes hubiera pisado estas calles.

Nosotras seguiremos aquí.

Bajo la lluvia del invierno.

Bajo el sol del verano.

Entre el verde de los nogales y la piedra dorada de las fachadas.

Viendo llegar a quienes vienen por primera vez y saludando, una vez más, a quienes

nunca terminaron de marcharse.

Porque esa es nuestra tarea.

No sostener un nombre.

Sino custodiar una identidad.Recordar que un pueblo es mucho más que un punto en un mapa.

Es una forma de mirar el mundo.

Y mientras alguien se detenga un instante frente a nosotras antes de entrar,

mientras una fotografía conserve nuestra imagen y un nieto pregunte a su abuelo

por qué ese pueblo lleva ese nombre, seguiremos cumpliendo nuestro oficio

silencioso.

Somos las letras de Mecerreyes.

No señalamos únicamente un lugar.

Guardamos la memoria de quienes lo hicieron posible.

Y esperamos, con la paciencia que sólo conocen las piedras, al próximo caminante

que descubra que algunos pueblos no se visitan.

P. D.

SIN PRETENSIONES

LA MIRADA DE UN ESPECTADOR ATREVIDO A LAS ESCULTURAS DE ANGEL GIL EN MECERREYES

«¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cervantes, » UNAMUNO.

Ángel Gil es un artista que “ha puesto” unas esculturas en las calles de MECERREYES.  Algunas son retazos del pasado. No para idealizarlo; no pretende que “vivamos en el  pasado”; ni de recrearnos en la nostalgia, sino de cambiar la mirada, al contemplarlas porque son esculturas que nos permiten viajar al pasado e inspirarnos en él, pero no pretende revivirlo,

Para la mente humana solo existe aquello a lo que prestamos atención. A partir de esa “existencia” comienza nuestra interpretación personalizada, nuestra percepción.
No ven los ojos; ve el cerebro, con sus filias y fobias, con sus prejuicios, con sus miedos, con sus alegrías.

Todas las interpretaciones son válidas

Como autor “que empaqueta y presenta, con mayor o menor éxito, informaciones propias y ajenas”, me permito publicar, con atrevimiento y desfachatez, las mías.

¿Por qué no escribes y añades tus interpretaciones?

ATRÉVETE. INTÉNTALO. SIN MIEDO AL RIDÍCULO

“No te creas más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cual es único e insustituible; en serlo a conciencia pon tu  principal empeño”. (Unamuno)

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